Seis: Partido de Tenis entre Mancos



Tras prsentarle, la mujer franqueó el paso al detective dedicándole una mirada de madre que deja a su hijo favorito a las puertas de su primer día de colegio.

Heliodoro Mínguez recibió a Zurano parapetado detrás de un escritorio que hacía intuir algún tipo de inseguridad a propósito del tamaño del propio pene. Un corpachón que se inutía informe bajo un traje azul cobalto muy pasado de moda, una cabeza fofa en la que brillaban coléricas las chispas arrdientes de las pupilas. Una corbata marrón. Un bigote entrecano de profesor de secundaria. Le señaló una silla.

-Usted dirá.


Se presentó el detective y explicó el objeto de su visita. Saboreando su momentánea importancia, Mínguez tardó un momento en contestar:

-No le puedo ayudar. Ese señor hace varios meses que no trabaja aquí –Zurano interrogó a Mínguez con la mirada; el otro se revolvió un poco en la gigantesca butaca que ocupaba- se lo diré de otra forma ¿Sabe por qué nosotros seguimos hundidso en la mierda y los alemanes ya han entrado en la senda de la recuperación –no esperó Mínguez- ¡Por la productividad, señor Zurano! Por la productividad ¡Ay, si yo tuviera cincuenta trabajadores alemanes!.

Zurano tardó un segundo en salir de la perplejidad.

-Perdóneme, pero no veo la relación.

Por toda respuesta, Mínguez levantó un auricular.

-Elvirita, llama a Pepe.

A los pocos minutos, la amable cincuentona que guardaba las puertas de Mínguez dio paso a un hombrecillo delgaducho, de cabeza desmesuradamente grande, pulcramente calvo, que saludó con una vocecita de oligofrénico.

-Pepe, cuéntale a este señor la historia de José Rubio.

-Bueno, pues...

-Cuéntasela, hombre. Yo ya le he puesto en antecedentes.

Antes de empezar a hablar, el tal Pepe hizo ademán de frotarse las manos, componiendo involuntariamente la imagen de un avaro de cuento infantil.

-José Rubio empezó a trabajar con nosotros hace poco más de un año. Se le hizo un contrato...Bueno, el contrato estándar para estos casos.

Interrumpió Mínguez:

-A su nivel: doce pagas, veintemil anuales.

-¿Y de qué trabajaba el señor Rubio?

-Oficial de logística –continuó el hombrecillo con voz apenas audible: el caso es que, bueno...Al principio, cometía muchos errores.

Volvió a interrumpir Mínguez:

-Se le dio un toque.

-Sí, claro: se le dio un toque. Pero cuando pasaron los meses también nos dimos cuenta de que el señor Rubio...Bueno: se distraía con facilidad.

Remachó Mínguez otra vez:

-¡No era productivo, hostias, Pepe! No era productivo.

Como si estuviera acostumbrado a aquellos coléricos estallidos, siguió el otro:

-Por ejemplo, llegaba siempre cinco minutos tarde y procuraba...Bueno, utilizaba el equipo de la empresa para fines...Para fines personales.

Esta vez fue Zurano el que interrumpió:

-Perdóneme, pero no le entiendo.

-Escribía correos electrónicos...Ejem, personales.

-Vamos: que eso lo hace en Alemania y, en dos semanas ¡A la puta calle! Pero claro, aquí...Los emprendedores estamos atados de pies y manos. Contratas a un tío y como te salga vago te arruina ¿Y qué es una economía sin emprendedores? –Mínguez agredió a la mesa propinándole un puñetazo; el mueble lo soportó sin mayores quejas- ¡¿Me lo quiere usted decir?! ¿Qué es una pu-ta e-cono-mí-a sin emprendedores?! –Pepe empezó a inquietarse:

-Heliodoro, por favor...Qué va a pensar este señor...

-¡Qué Heliodoro ni qué Heliodoro, hombre! –Mínguez sudaba copiosamente, los nudillos blancos agarrados a los brazos de su butacón.

Terció Pepe para salvarle de un infarto de miocardio:

-Total: que cuando terminó su contrato no se le renovó.

-Y eso sucedió...

-Pues déjeme pensar. Hace unos dos meses. En verano.

-El 31 de Julio exactamente. Tradicionalmente cerramos en Agosto.

Mínguez contemplaba el diálogo como quien asiste a un partido de tenis entre mancos. La boca ligeramente abierta, la cólera por la improductividad de la clase laboral española brillando aún en sus pupilas.

Próximo Capítulo: La parte desagradable de los viernes

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