Treinta: Tristeza de amor


Tras una larga espera, Zurano y su acompañante consiguieron subir a un autobús demasiado refrigerado en el que aún esperaron unos diez minutos. Pasado ese tiempo, como obedeciendo a una señal oculta, cerró el conductor las puertas, que hicieron un ruido de nave espacial que emprendiese, sellada, un viaje a la órbita marciana; se encendió el motor, y partió el vehículo en dirección a un punto del espacio que, sin su coche, le parecía casi tan remoto como el planeta rojo.


Javi contemplaba las últimas calles de la capital mientras desfilaban, como una cinta urbana sin fin, frente a las lunas del autobús. Zurano le observaba en relativa quietud, sus pensamientos acunados por la cháchara insustancial de la emisora que el conductor del autobús llevaba sintonizada. Una constante verborrea a propósito de encuentros deportivos que no llevaban a ninguna parte. Aprovechando que iban sentados en las últimas filas del autobús, Javi le había cogido la mano, un poco a escondidas. Zurano pensó que era agradable sentir el calor de la otra piel.

Contempló el detective el rostro de aquella persona de la que no estaba enamorado pero a quien unía un cariño cuya auténtica naturaleza no estaba dispuesto a reconocer totalmente. Sintió el detective, como una lacerante evidencia, la presencia de una lástima que era uno de los ingredientes principales de su relación con Javier. Desde el principio. Retiró la mano. Javi apartó por un momento la frente de los cristales del autobús y le miró. Zurano hizo como si no se diera cuenta.

¿Por qué sería tan difícil? –se dijo el detective- ¿Por qué estaría uno siempre buscando algo que no podía encontrar nunca? ¿Por qué se cometían siempre aquellos errores tan tontos? ¿Qué le había hecho liarse con aquel chaval con el que no tenía nada en común? “Ni siquiera sabe lo que significa el verbo languidecer”, se dijo.

Aunque, tras una pausa, también reconoció que las preguntas que a él le asaltaban eran, sin duda, las que acometían a toda la gente. Quizá, se dijo, si le dejara, o si Javi decidiera dejarle, se sorprendería el detective cogido por los tentáculos de la añoranza, de un amor romántico que embellecería aquel ir y venir en que su relación se había convertido. En aquella cosa inútil que había terminado por ocupar un lugar central en su vida, como un trasto grande e incómodo que se sintiese imposibilitado para apartar.

Suspiró. Ignorante de sus pensamientos, acogido al frágil calor que el detective representaba en su vida lunar, Javi se concentraba en olvidar. Por lo menos eso suponía Zurano.

Contempló el detective las huellas del cansancio de la noche anterior en las huellas del joven. Se dio cuenta de pronto de que, alrededor de los ojos de Javi, se habían formado últimamente unas pequeñas arrugas. “El tabaco, pensó, o el alcohol”. Recordó el detective cuando él mismo había sido así. Inconscientemente se llevó la mano al rabillo de los ojos y, al darse cuenta, disimuló como si se estuviera quitando una pestaña.

Zurano sentía, sobre todo, enfado contra sí mismo. Contra el destino que les había convertido en unas personas unidas por un vínculo tan frágil como un intento de suicidio. La pregunta era ¿Qué sentía Javi? ¿Se planteaba también aquellas cosas? ¿Creía también él que se merecía algo mejor?
“Todos creemos que nos merecemos algo mejor”.

Miró Javi al chico y pensó en la cantidad de personas que le envidiarían por tener un novio como él. Bueno, simpático, joven...Sobre todo joven...

Una casa baja, último resto de un antiguo poblado chabolista, destacó de pronto entre los edificios modernos concebidos para atraer una indeterminada capitalidad cultural. Zurano se sintió identificado con la identificación.

“Tienes treinta y cinco años, Daniel; cualquiera diría que eres un anciano.

Javi amontonó algo de vaho sobre la quirúrgica luna del autobús y, sonriendo, dibujó un corazón.

Daniel se sintió obligado a sonreir.

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