Treinta y uno: preguntas


Cuando el autobús se alejó envuelto en una nube de humo negro, Zurano y Javi se quedaron en la parada por un momento, silenciosos, azotados por un ventarrón polvoriento que recorría el polígono industrial sin dar ninguna opción a la misericordia. El detective tardó todavía un momento en orientarse y en decidir la dirección que debían seguir para alcanzar la mole de SOGENAL invisible aún, pero indudablemente presente en aquella acumulación de edificios de una dolorosa uniformidad.


Las nubes se amontonaban en el horizonte y llenaba el aire un ácido hedor a naranjas podridas, procedente de un almacén de frutas cercano. Javi sintió un escalofrío, que fue la señal para que el detective se pusiera en marcha.

-Vamos, que tenemos mucha tela que cortar.

Eran las once de la mañana y en el polígono se escuchaban sólo algunos sonidos de apariencia humana. Tras atravesar un par de calles y pasar delante de un bar que olía a fritanga y a pobreza, los dos hombres se encontraron ante la meta final de su caminata.

Ante la verja, Javi frunció el ceño e hizo amago de quedarse fuera. Se negó el detective y, decidido, traspasó la cancela. Llegó a la puerta pequeña que había traspuesto la primera vez y, como quien lleva a cabo un ritual fastidioso, pulsó el timbre. La puerta se abrió y Zurano y su azorado acompañante se encontraron en el pequeño vestíbulo desde cuyas profundidades les miró, interrogante, la misma azafata faldicorta de la primera vez. Preguntó Zurano por Carlos, la azafata, evidentemente aleccionada, hizo amago de darle largas, Zurano empezó, conscientemente, a levantar la voz y la situación se resolvió finalmente del modo más satisfactorio para el detective.

Fueron conducidos a la salita de espera de los sillones incómodos a cuya puerta apareció Carlos pocos minutos después. Visiblemente demudado, por cierto. Interrogó a Zurano con la mirada a propósito de su inesperado acompañante.

-El señor Javier Sánchez –dijo Zurano por toda respuesta, para luego añadir, algo más bajo: Carlos, quiero que sepas que estoy de muy mala hostia. No es fácil que yo esté de muy mala hostia, pero lo estoy –Javi, a todo esto, miraba sin comprender.

La confesión del detective tuvo el efecto de hacer que la turbación de Carlos fuese en aumento. Continuó el detective:

-No me gusta que me manden telegramas de los que se escriben con barras de hierro – se señaló el detective la frente- en mi caso hubo suerte, pero hay por ahí un tipo que no va a poder hablar nunca más –hizo Zurano el gesto de rebanarse el cuello- tengo la sensación de que alguien me está tomando el pelo y me parece que ese alguien eres tú.

Javi les miraba sin comprender bien lo que sucedía, como tratando de enlazar aquella conversación con la profesión de vendedor de enciclopedias que pensaba que su novio desempeñaba; visiblemente atenazado por el pánico de quien no sabe muy bien dónde se encuentra, hizo un movimiento extraño, cerró los ojos y apretó los dientes.

Carlos se quedó mirándole, sorprendido:

-¿Qué le pasa?

-Nada. Él es así ¿Hay algún sitio en donde podamos hablar con calma?

-¿Y con él, qué hacemos?

-Se las apañará solo. Por si acaso, dile a la azafata del Un, dos, tres que no le pierda de vista.




ZURANO RECHAZÓ EL ASIENTO que Carlos le ofreció y prefirió caminar por la sala de reunión sin ventanas, enmoquetada de verde musgo, a la que fue conducido. Su interlocutor ocupó la presidencia de una larga mesa de reuniones de color negro, sobre la que había un bolígrafo y algunos papeles. En las paredes, pósters que representaban una arcadia industrial de una flagrante y tecnificada vulgaridad.


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