Ocho: Hasta luego, Carlos



-Qué pasa, ¿Ya no saludas?

El detective quedó momentáneamente descolocado:

-¿Nos conocemos?

El otro aludió entonces a una remota noche de alcohol durante la cual, supuestamente, Zurano había demostrado un interés hacia él que había rebasado los límites de la cortesía. Dudó el detective de haber estado nunca tan borracho pero, por si acaso, exploró en su memoria en busca de algún rastro de la desnudez de aquel tipo. No lo encontró.

-¿Y qué tal por aquí? No te habrán contratado. He oído que en logística necesitaban a alguien –el saco de huesos hizo una pausa dramática, removió el café y luego suspiró con el meñique enhiesto- ¡En logística siempre necesitan a alguien! Es el departamento maldito.

Negó Zurano que fuese a engrosar la plantilla de SOGENAL y el otro sintió sentirse decepcionado. Tras esto, y sin que mediara provocación previa por parte de Zurano, se lanzó a comunicarle al detective toda la información que consideró necesaria sobre las interioridades de la empresa.

En dos tiempos:

En el primero, en lo que hubiera podido llamarse la fase de autoprestigiamiento, nuestro hombre reivindicó su categoría de ser humano mejor informado sobre todas aquellas circunstancias que merecía la pena saber. Cualquiera que fuese su naturaleza.

La fase dos empezó con una presentación sistemática de personajes y las relaciones que guardaban entre ellos, para luego lanzarse a tumba abierta a la exposición propiamente dicha del saber acumulado.

Zurano, asombrado de que la ingestión de un café diera para semejante frenesí pormenorizador, dejó hablar al desconocido a la espera de que rozase siquiera el motivo de su presencia en aquel cuartucho subterráneo. No tardó el tipo en hacerlo porque, a juicio se su informante, SOGENAL era una empresa monolíticamente aburrida en la que sólo el departamento de logística era capaz de proporcionar cierta diversión.

Observó asimismo Zurano que, al igual que ocurre con el adjetivo “gitano” en la letra de ciertas rumbas, el desconocido utilizaba la palabra gay para calificar todo aquello que le parecía digno de elogio, mientras que motejaba de “antigay” todo aquello que se le hacía difícil de soportar; en frases de la forma “No te puedes imaginar: esta empresa es lo más antigay del mundo”.

Así, supo Zurano que, en el plazo de cuatro años, cinco personas habían pasado por el puesto que Jose había ocupado. También que Jose, por enigmáticas razones, había durado más tiempo que los otros. Al desconocido no se le alcanzaba cómo esto había podido ser posible y, a pesar de que se consideraba un pozo de información viviente, aquel misterio había seguido resistiéndosele.

Al poco, pensó el detective que escuchar aquella conversación hubiera supuesto un hondo disgusto para su amigo Rafa: Garganta Profunda no sólo estaba al corriente de la homosexualidad de Jose, sino que se apresuró a ponerle al cabo de la calle a propósito de supuestas canas al aire con otros miembros de la plantilla de SOGENAL que acudían puntualmente cada año al desfile del Orgullo Gay. Ninguno, en cualquier caso, suficientemente influyente como para tapar durante un año entero la escandalosa incompetencia de Jose para el puesto que desempeñaba. Incompetencia que era vox populi en el seno de la empresa. Tomó nota Zurano de aquella paradoja, después de poner en cuarentena aquellas partes del relajo que le parecieron exageradas por su interlocutor.

La aparición de una tercera persona, sin embargo, rompió bruscamente el hilo de las reflexiones del desconocido y provocó el estallido de un silencio que el recién llegado no tuvo más remedio que advertir, y ante el que reaccionó con cierto azoramiento.

-Buenas, Carlos –dijo el saco de huesos con aire evidentemente servil. El recién llegado respondó amablemente con una voz que evocó inmediatamente un mundo de fundamentales placeres masculinos.

Como siempre le sucedía en ocasiones semejantes, se abandonó Zurano a la perplejidad que produce la bellezas, como un niño que advirtiese su existencia por primera vez. Mientras el recién llegado seleccionaba el tipo de café que iba a tomar, reparó Zurano en los ojos grandes, sombreados por unas pestañas largas, que le prestaban a la mirada una voluptuosa somnolencia, calibró la boca bien formada; la nariz, ligeramente aguileña, los pómulos altos, el pelo intensamente negro. Sin poder evitarlo, suspiró. El saco de huesos le miró con algo de displicencia, lo cual bastó para que el llamado Carlos reparase en la presencia del detective y le ofreciese un café que el detective rechazó educadamente.

Durante la breve conversación, los ojos del hombre quedaron un momento fijos en los del detective, que sintió en su pecho un calor que le devolvió a la caballeresca inocencia de la pubertad. Se avergonzó un tanto Zurano, carraspeó y preguntó por la salida de aquel laberinto que tenía presos a los otros dos por motivos laborales. Mister Mundo se ofreció a acompañarle y Zurano creyó haber llegado a alguna clase de tierra prometida.

El viaje a través de las entrañas de SOGENAL fue esta vez silencioso y agradable. Disfrutó Zurano contemplando la manera en que el cuerpo de su acompañante se movía bajo el traje, la amable humanidad que desprendían sus gestos. Saboreó el placer de sentirse guiado con aquella mezcla peculiar de urbanidad y modestia. Al despedirse de Carlos con un apretón de manos, prolongó el contacto todo lo posible, ante la mirada recelosa de la recepcionsita faldicorta.

Algo avergonzado, Zurano se escuchó decir:

-Hasta luego, Carlos.

El otro sonrió.

-Hasta luego...

-Daniel.

-Exacto: Daniel.

El detective sintió un placer delicioso al escuchar su nombre dicho con tanta sencillez, y le rezó al Dios de las noches solitarias para que el saco de huesos no tuviera razón. Poco antes de separarse, mientras Carlos miraba hacia otra parte, el horrendo desconocido le había señalado con un dedo sarmentoso y había formado con los labios la sentencia fatídica:

“No entiende”

Próximo capítulo: La cándida adolescencia

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